El lenguaje corporal en la política

No es sólo lo que dices, sino cómo lo dices

Hasta fines del siglo XIX sólo la gente que pertenecía al mundo del séptimo arte se dedicaba con especial interés a la observación e interpretación del movimiento del cuerpo humano. A principios del siglo XX, algunos antropólogos comenzaron a investigar las características de la comunicación gestual, pero fue a partir de 1952, cuando el profesor Ray L. Birdwhistell, pionero y fundador de la cinesis (del griego kinêsis : estudio sistemático de cómo los seres humanos se comunican a través del movimiento del cuerpo y los gestos), publicó su Introduction to kinesics, que se convirtió en una disciplina, vinculada además a la psicología, la etología, la sociología, la psiquiatría y la comunicación.


Birdwhistell observó que en una conversación cara a cara se transmite menos del 35% en forma verbal y más del 65% en forma no-verbal. Sus investigaciones le llevaron a la conclusión de que no hay gestos universales, debido a las diferencias de significado e interpretación, pues al igual que el lenguaje oral, el corporal también se aprende bajo la influencia de factores de diversa índole –espaciales, culturales, etc.–. Por otra parte, se ha comprobado que la gesticulación, el contacto visual, la expresión facial, la postura, revelan importantes aspectos del origen, personalidad, carácter, emociones y reacciones de los individuos.

El tema viene a cuento porque desde ayer circula por las redes un video en el que aparece el presidente de la Asamblea Nacional, Henry Ramos Allup, hilando un discurso político ante una multitud atenta y emocionada que le ovaciona, y una audiencia mediática que transmite, recibe, comparte y retuitea por las redes sociales extractos de sus frases y de sus gestos. En particular, los que se observan a partir del minuto 04.37 del audiovisual, momento en el que hace referencia a los motores de la revolución y prosigue señalando –corporalmente– los cuatro motores de la oposición.

Así como me parece importante –y me complace– destacar sus agudos y bien estructurados argumentos jurídicos y políticos en la Asamblea Nacional, quiero ahora expresar una crítica acerca de esa parte singularmente gráfica de su discurso de ayer. En primer lugar, porque me sorprende que precisamente él repita una conducta que durante diecisiete años muchos venezolanos hemos condenado por irrespetuosa y vulgar. Antes en Hugo Chávez, que fue el peor comportado de cuantos gobernantes ha tenido Venezuela, y por imitación, en su sucesor, Nicolás Maduro, y en un buen número de ministros, gobernadores, diputados, militantes y simpatizantes del chavismo, incluyendo a no pocas mujeres de esta afiliación, quienes se han distinguido por un lenguaje soez y ofensivo, una actitud recalcitrante y un estereotipo de comunicación gestual ruda y hostil, con componentes chauvinistas, machistas, cuarteleros y de doble sentido. Y en segundo lugar, porque no resulta muy coherente que la boca que pronuncia máximas en latín, que defiende con elegancia sus puntos de vista, que refuta a su oponente con pedagógica ironía y dicta cátedra de parlamentarismo democrático, sea la misma que ayer soltara ante todo el país unas cuantas groserías, y además reforzara sus palabras con un gesto, en mi opinión, impropio.

Desde la instalación de la nueva Asamblea Nacional, la mayoría de los venezolanos hemos reconocido satisfactoriamente que los recién electos diputados de la bancada opositora le hayan devuelto a esa institución la decencia, no sólo en la apariencia del buen vestir, que afortunadamente ha contagiado a los diputados del oficialismo, sino también en el ars bene dicendi. En el transcurso de estos meses, una retórica deliberativa y bien construida ha ido reemplazando las intervenciones ramplonas que predominaron en el periodo anterior.

¿Cuál es, entonces, la necesidad de incluir tales aderezos en un discurso? ¿Quién puede creer que un hombre con la inteligencia, la cultura, la habilidad comunicacional y la experiencia de Henry Ramos Allup, tenga que recurrir a ellos para hacerse entender, llegar a las masas o sintonizarse con el pueblo? En esa práctica incurre algunas veces Henrique Capriles Radonski, colando una que otra grosería en su mitines, un poco al estilo del difunto aquel. Ignoro si se trata o no de una estrategia sugerida por los asesores de imagen. No obstante, pienso que un líder político que emplea ese lenguaje para conectar con el pueblo, en su afán de hacerse ver como pueblo él también, lo que en realidad hace es subestimar a la gente. La condición social no necesariamente determina el nivel cultural de una persona. Que en Venezuela haya un 80% de ciudadanos que viven en estado de pobreza, no significa que todos ellos, ni siquiera la mayoría de ellos, carezcan de cierta sabiduría. Eso que llamamos "sabiduría de la vida" y que no figura en ningún pensum escolar. Este conocimiento, por escaso y rudimentario que sea, le basta a cualquiera para distinguir lo bueno de lo malo, lo auténtico de lo falso, lo bonito de lo feo.

Otra cosa es que a la audiencia, sea docta o iletrada, le resulte divertida esa manera de decir lo que dicho de otra manera no tendría, desde luego, la misma contundencia. Era lo que sucedía cuando el difunto aquel se regodeaba durante horas en extensas peroratas y sus acólitos estampaban en pancartas sus frases más chocantes, escribían sus amenazas en las paredes, componían canciones con sus ocurrencias y se lucían imitando sus gestos. Entonces eran ellos los que se divertían mientras nosotros nos sentíamos insultados, ninguneados y agredidos. Nosotros, que siempre nos hemos considerado diferentes porque rechazamos la intolerancia y la venganza, porque nos rehusamos a la servidumbre socialista, porque nos repugna el autoritarismo y estamos hartos de tantas humillaciones.
 
Y ahora, cuando somos mayoría en la Asamblea Nacional y por fin tenemos la oportunidad de cambiar todo lo que debe cambiarse, ¿vamos a asumir exactamente la misma conducta que hemos condenado?

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Liliana Fasciani M.

Profesora de Filosofía del Derecho y de Teoría Política en la Universidad Católica Andrés Bello.

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