Inseguridad, indignación y barbarie



Si el siglo XX fue uno de los periodos más violentos de la historia de la humanidad, el siglo XXI parece seguir y acentuar esa trágica tendencia. Un abanico de muertes violentas de todo tipo cubre de sangre el mapa del mundo, enluta hogares, incrementa la orfandad, subleva el dolor, atiza el odio y el resentimiento, multiplica los crímenes.


 
En el "Estudio Global sobre Homicidios" –Global Study on Homicide– elaborado en 2013 por el Departamento contra las Drogas y el Crimen de las Naciones Unidas, se afirma que desde 1995 Venezuela es el único país de América Latina donde la tasa de homicidios ha aumentado en forma consistente, tal como se evidencia en la siguiente gráfica. Ni siquiera México, cuya población alcanzó en marzo del año pasado 119.530.753 habitantes y que también muestra un incremento, consigue aproximarse a esa cifra.



En nuestro país, el flagelo de la violencia es el reflejo de una situación extraordinariamente compleja que deja al descubierto un problema mayor, la debilidad del Estado, por un lado, frente al ingente poder del hampa y de individuos y colectivos armados, algunos convenientemente enquistados en casi todas las instituciones gubernamentales, así como respecto de la ineficacia de las leyes, las deficiencias del sistema judicial y una administración de justicia muy desprestigiada; por el otro, frente a las exigencias de protección de una sociedad que se siente permanentemente amenazada tanto por la delincuencia como por el propio gobierno, que a través de la fuerza pública y de los órganos del Poder Judicial reprime, persigue, arresta, allana, tortura, enjuicia y condena con espantosa violencia. 

Al no existir un Estado de derecho, los ciudadanos viven expuestos al riesgo de perder la vida, sus bienes y su libertad. A las violaciones contra la propiedad privada, el secuestro, el sicariato y los diversos tipos de homicidio, hay que sumar el linchamiento y la incineración como prácticas públicas y cotidianas en el país.  Miedo, indignación e impotencia desembocan forzosamente en barbarie. La indiferencia, el desinterés y la conducta omisiva o excesiva del Estado provocan reacciones colectivas extremas. Es lo que sucede cuando la sociedad toma la justicia en sus manos. Ya no es justicia, sino venganza, que por lo general supera en mucho la gravedad del delito que la genera, pero lejos de escarmentar a los delincuentes, crea una viciosa espiral de violencia repotenciada.
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Liliana Fasciani M.

Profesora de Filosofía del Derecho y de Teoría Política en la Universidad Católica Andrés Bello.

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