La cárcel del poder

¿Por qué Nicolás el espurio no renuncia? ¿Por qué la camarilla del régimen no se va? 

Porque no tienen a dónde ir. Porque no habrá país que los reciba. Porque un dictador sin poder es un estorbo incluso para otro país cuyo régimen sea también dictatorial. Porque a ningún país de América Latina ni del resto del mundo le conviene dar asilo a una pandilla de delincuentes vinculados con el narcotráfico, la corrupción y la violación sistemática de los derechos humanos. Porque ningún gobierno se puede permitir mantener su solidaridad con un exdictador y unos exfuncionarios cuyas manos están manchadas de sangre inocente y de dinero sucio y malhabido, sin que se le tenga por cómplice, o cuando menos por apañador. 

Nicolás el espurio no renuncia y su pandilla no escapa, porque saben que les esperan muchos juicios y muy largas condenas. Y les temen a ambos. Sienten pánico de que los atrapen, los juzguen y los sometan a un castigo del que algunos probablemente no serán capaces de sobrevivir. No se irán por las buenas, porque lo que está en juego no es ya todo lo que se han robado y que nunca podrán disfrutar, sino su libertad y su vida. 

En una Venezuela en condiciones de ingobernabilidad, con manifestaciones masivas continuas en la calle, con la economía casi paralizada, una inflación desbocada, sin orden, sin seguridad y sin paz, el régimen no gobierna nada, es la representación de la ineficiencia, su descrédito ante la sociedad y el mundo es irreparable. Retienen el poder, pero no gobiernan, sólo les queda reprimir. 

El poder se ha convertido en su salvavidas, les sirve únicamente para conservar la relativa libertad de que disponen, pero que no disfrutan, puesto que son mucho menos libres que nosotros. Están más privados de libertad que el propio Leopoldo López, que los demás presos políticos y hasta los hampones comunes gozan de mayor libertad en las penitenciarías. El dictador, sus ministros, sus incondicionales subalternos, sus militares, sus esbirros, son prisioneros de la cárcel del poder. Tienen su "Rotunda", su "Seguridad Nacional" su "Sebin", su "Tumba" en el Palacio de Miraflores, en los edificios ministeriales, en Fuerte Tiuna, en las sedes del Tribunal Supremo de Injusticia, detrás de la baranda del Consejo Nacional Electoral y dentro de sus casas. Son al mismo tiempo carceleros, reos y prisioneros, condenados desde hace tiempo al aislamiento de los "tigritos" de sus escondrijos, por mucho que brillen los pisos de mármol y la luz penetre por amplios ventanales. No pueden evitar mal vivir entre ratas e insectos asquerosos. 

Como los mafiosos, permanecen la mayor parte del tiempo escondidos en sus guaridas, metidos en una serie de anillos de seguridad, resguardados día y noche por escoltas, sin privacidad, sin vida propia. Siempre temiendo un atentado, aunque sea de huevos y tomates; siempre ocultándose de las multitudes que les persiguen para abuchearlos. Son cobardes, y ni siquiera tienen las bolas ni los ovarios para disimular su cobardía con un mínimo de falso coraje. 

No se irán por las buenas, porque ninguna negociación puede favorecerles. Tendrían que pasar el resto de su vida huyendo y difícilmente hallarían un lugar seguro, nadie podría garantizarles ningún tipo de inmunidad o protección. Pero, además, no se irán por las buenas, porque no son buenas personas, ni buenos ciudadanos y han demostrado que tampoco son buenos gobernantes. La cárcel del poder es todo lo que tienen, y están decididos a permanecer en ella todo el tiempo posible.
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Liliana Fasciani M.

Profesora de Filosofía del Derecho y de Teoría Política en la Universidad Católica Andrés Bello.

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