En el Olimpo de los héroes


Cuando apareció pilotando el helicóptero con aquella pancarta en la que se leía "350" la escena fue muy cinematográfica. Las dudas surgieron porque nadie creía que un funcionario del CICPC se hubiera atrevido a hacer algo así. La mayoría pensó que era otro show montado por los laboratorios del régimen para distraer la atención de algún otro asunto espinoso en aquel momento. Luego dejó el helicóptero en medio de una tupida selva, justo encima de un promontorio rocoso, en otra escena de película. 


Él sabía un poco acerca de los efectos de escenografía, porque había trabajado como actor de reparto algunas veces. Tenía con qué. Esos ojos azul hielo, una sonrisa dulce, un rostro atractivo y el porte de Rambo bronceado. Empecé a referirme a él en tono de broma como "papito lindo mi rey", una forma de expresión típica del argot popular venezolano. 


Su vida acabó ayer prematuramente, injustamente, imperdonablemente, violentamente, tal como se dio a conocer: en un fotograma de película. Pero el final, al final, no fue una película, sino un hecho dolorosamente real. Oscar Pérez fue asesinado, ajusticiado, ejecutado por las fuerzas del Mal contra las que luchó, inútilmente. 


Papito lindo mi rey es ahora un héroe y un mártir, cuyos ideales le costaron la vida, tal como les pasa a los románticos que creen en el triunfo inevitable de la justicia y se arrojan sobre el campo de batalla a darlo todo por sus convicciones. Así lo hicieron los héroes medievales, los del Renacimiento, los que pelearon por la independencia de sus naciones, los que lucharon por la abolición de la esclavitud, los que salvaron las vidas de sus compañeros en las guerras mundiales, los que cayeron mortalmente heridos y fulminantemente muertos en las calles de Venezuela desde las primeras manifestaciones de protestas en 2002 hasta las últimas, entre abril y julio de 2017.  

Oscar Pérez y sus seis compañeros, todos ellos idealistas, románticos, valientes y audaces (por ahí habrá quien diga más bien temerarios), están ahora en el Olimpo de los Héroes y en el Altar de los Mártires, donde también está Franklin Brito, que murió de inanición ante la indiferencia colectiva por defender sus derechos. Y nosotros, tanto los que dudamos como los que creímos en los motivos de la gesta de estos hombres, también hemos sido asesinados, de alguna manera, junto con todos ellos.

Daniel Soto, Abraham Agostini, José Díaz Pimentel, Óscar Pérez, Abraham Lugo, Jairo Lugo y una mujer aún no identificada.

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Liliana Fasciani M.

Profesora de Filosofía del Derecho y de Teoría Política en la Universidad Católica Andrés Bello.

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